Había una vez un rey muy triste que tenía un joven paje que le hacía de criado, el cual era muy feliz.
El paje todas las mañanas despertaba al rey y le llevaba el desayuno cantando y tatareando alegres canciones. En su distendida cara se dibujaba una gran sonrisa y su actitud ante la vida era siempre serena y feliz.
Un día, el rey le preguntó: «¿Cuál es el secreto de tu alegría? ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿Eh? ¿Por qué?».
El paje respondió: «No hay ningún secreto, majestad. No tengo razones para estar triste. Usted me honra permitiéndome atenderle. Tengo a mi esposa y a mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado. Nos visten y nos alimentan. Me llevo bien con todo el mundo ¿Cómo no voy a ser feliz?».
Y exclamó el rey: «Nadie puede ser feliz por las razones que me has dado. Creo que escondes algún secreto».
El criado sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.
El rey estaba inquieto, no conseguía explicarse por qué aquel paje era tan feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos.
Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus consejeros, le explicó la conversación que había mantenido aquella mañana y le preguntó: «¿Por qué ese hombre es tan feliz?».
El consejero respondió: «Ah, majestad, él es feliz porque está totalmente satisfecho, no percibe ninguna carencia, no desea nada, sus apegos no están amenazados y no tiene miedo».
«¿Y todo eso le hace feliz? Realmente, no entiendo nada», exclamó el rey.
«Lo podría entender si viese cómo se vuelve infeliz. Si me lo permite se lo puedo demostrar con hechos», dijo el consejero.
«¿Qué se puede hacer para que pierda la felicidad?», exclamó el rey.
El consejero le dijo: «Se pueden hacer muchas cosas. Lo puede llevar a la zona baja fuera de su margen de equilibrio. Eso quiere decir que habría que privarle de cosas que tiene. Por ejemplo, él no sería feliz si le pasase algo a sus hijos o a su mujer; él no sería feliz si se le quitase la casa que le asigna la corte; él no sería feliz si todos sus amigos empezasen a hablar mal de él y a insultarlo».
«¿Y no hay otra forma más sutil de que pierda la felicidad?», preguntó el rey.
«Sí, llevándolo a la zona alta fuera de su margen de equilibrio. Eso quiere decir que habría que darle más cosas de las que tiene. Por ejemplo, él no sería verdaderamente feliz si tuviese una amante, pues a la larga le ocasionaría muchos problemas; él no sería feliz si tuviese demasiado trabajo; él no sería feliz si fuese muy rico, al menos no sería feliz como lo es ahora», respondió el consejero.
«Dices que no sería feliz si fuese muy rico, ¿estás seguro?», preguntó el rey.
«Sí, si el paje tuviese mucho más dinero y se relacionase en un círculo social de alta alcurnia, tenga por seguro que no se reiría ni cantaría ni sería tan feliz como lo es ahora», respondió el consejero.
«Entonces, voy a hacer que mi paje sea rico y que se relacione con la nobleza de la corte», dijo el rey.
«Hay un problema majestad, si quiere que el paje sea rico y que se relacione con la gente noble, él no podrá ser su criado», aclaró el consejero.
El rey se despidió y empezó a pensar qué hacer para que su criado fuese rico.
Al día siguiente, llamó al paje y le dijo: «Como recompensa a tus servicios prestados, a partir de ahora dejarás de ser mi paje, te nombro noble y te entrego cien monedas de oro, una nueva casa y unas tierras».
El paje respondió: «Oh, majestad ¿Está seguro de lo que está haciendo? Yo soy su paje de toda la vida. Mi padre era el paje de su padre cuando era rey. Yo no estoy acostumbrado a vivir entre nobles».
El rey le dijo: «¿Aceptas lo que te doy o prefieres seguir siendo mi criado el resto de tu vida?».
El paje contestó: «Oh, sí, lo acepto, gracias, muchas gracias?».
El paje fue a ver a su mujer y le explicó lo que había sucedido. Entre los dos contaron las cien monedas de oro y después hablaron sobre la nueva vida que les esperaba. Esa noche, de la emoción, no pudieron dormir.
En los días siguientes, el joven paje (que ahora era un noble) estuvo tan ocupado que apenas tenía tiempo para estar con su mujer y sus hijos. Se vistió como los de la nobleza, buscó sirvientes para su casa y contrató campesinos para que le trabajaran las tierras. Sin darse cuenta su vida se complicó. Ahora tenía muchas responsabilidades y prácticamente ya no sonreía.
Pasó una semana y el joven noble organizó una fiesta en su casa para invitar a la nobleza y así entrar en ese nuevo círculo social. Con el lío de los preparativos, discutió con su mujer, ya que no se ponían de acuerdo en algunas cosas.
El día de la fiesta, él y su mujer pasaron mucha vergüenza, pues no sabían de qué hablar ni cómo comportarse, pues durante toda su vida él sólo había trabajado de criado y su mujer sólo había atendido la casa. A sus hijos los tuvieron que esconder en el sótano, para evitar que se les notase su origen humilde.
Durante los meses siguientes el joven noble estuvo muy ocupado. Tenía muchas responsabilidades. Además cada día le venía a casa una maestra que les impartía clases de cultura general y de buenos modales para adaptarse a la alta sociedad.
Apenas pasaron unos meses, cuando el joven noble se cruzó con el rey, el cual iba acompañado con su consejero.
«¿Qué te pasa?», preguntó el rey, «te veo muy serio ¿Va todo bien?».
«Sí majestad, va todo bien, no me pasa nada», respondió el noble.
«Antes, cuando eras paje reías y cantabas constantemente. En cambio, desde que perteneces a la nobleza no te he vuelto a ver sonreír ¿Seguro que todo te va bien?», preguntó nuevamente el rey.
«Tengo mucho trabajo y estoy cansado ¿Qué quiere majestad?», dijo el noble.
«No nada, ya nos veremos», respondió el rey despidiéndose de él.
Entonces el rey le dijo a su consejero: «Tenías razón, el joven paje ya no es feliz».
Y el consejero le recordó: «Ya le dije que si lo llevábamos fuera de su margen de equilibrio dejaría de ser feliz. Y así ha sido. Le ha dado riqueza y el título de noble. Y en vez de ser más feliz, su cara refleja preocupación. Se ha convertido en un esclavo de esas nuevas posesiones, y encima tiene que demostrar que es un noble. Antes disfrutaba de lo poco que tenía y ahora no tiene ni tiempo para estar con su mujer y sus hijos».
Cuento del libro Cuentos de Luz para el Alma de Ricard López
