CUENTO DE SABIDURÍA: CONTROLA TUS DESEOS



Érase una vez una pareja de jóvenes que estaban casados y no tenían hijos. Se llamaban Alfredo y Sonia. Eran muy pobres. 

Alfredo siempre estaba pensando en cómo ganar más dinero. Un día se enteró de que un mercader vendía una lámpara con un genio que complacía todos los deseos de sus amos. 

Alfredo se lo comentó a su mujer, y entre ambos reunieron todo el dinero de que disponían. Luego el joven se dirigió con diligencia al mercado. Tras varias horas de búsqueda, por fin encontró al mercader que vendía la lámpara con el genio. Se acercó a él y le rogó que se la vendiera. 

El mercader así lo hizo, pero antes le advirtió: «Para llamarlo tiene que dar tres palmadas, pero una vez que haya salido debe pedirle deseos continuamente, de día y de noche, no puede parar, pues si no lo mantiene ocupado se enfadará con usted y puede ser muy peligroso».

«No se preocupe», respondió Alfredo, y dijo: «Mi mujer y yo somos muy pobres y necesitamos muchas cosas. Son tantas las cosas que deseamos, que el genio no tendrá tiempo ni para descansar».

El joven con la lámpara en la mano, se dirigió corriendo con gran alegría para volver a casa junto a su mujer. Cuando llegó se la enseñó inmediatamente y le dijo: «Ya la tenemos, ya la hemos conseguido, ahora dejaremos de ser pobres y seremos ricos».

Sonia estaba impaciente por empezar a pedir cosas y le dijo que invocara al genio de inmediato. Entonces, Alfredo dio tres palmadas, y, al instante, el genio apareció ante ellos entre una nube de mucho humo. Era impresionante por su gran tamaño y por la enorme espada que portaba en la cintura. 

El genio dijo: «Hola, amo, dime qué desea. Sus deseos son órdenes».

El joven dijo: «Quiero que nos construyas una mansión espléndida». 

El genio chasqueó los dedos y al instante apareció ante ellos una mansión enorme y lujosa. La pareja quedó maravillada y ambos empezaron a saltar de alegría. 

«Amo, ¿qué más desea? Sus deseos son órdenes», dijo el genio.

Tanto Alfredo como Sonia se pusieron muy contentos y empezaron a pedir más cosas. 

El joven ordenó: «Quiero que llenes la mansión de estupendos muebles, que no falte de nada, que hayan grandes armarios repletos de lujosos ropajes». 

El genio chasqueó los dedos y al instante la mansión se llenó de muebles y el genio volvió a decir: «Amo, ¿qué más desea? Sus deseos son órdenes».

Alfredo siguió pidiendo cosas sin parar, pidió un magnífico jardín con árboles frutales, un estanque con peces, manjares exquisitos, un mayordomo, una criada, un cocinero, un jardinero, etc.  

El genio iba chasqueando los dedos y todos los deseos se iban materializando al instante. 

Estaba anocheciendo y Alfredo estaba muy cansado. La pareja estaba muy asustada porque el genio no paraba de decir: «Amo, ¿qué más desea? Sus deseos son órdenes». 

Llegó un momento en que Alfredo estaba somnoliento y dejó de dar órdenes, entonces el genio desenfundó la espada. En ese momento, su mujer le mojó con agua la cabeza, y el joven volvió a darle otra orden: «Cambia la decoración de la casa».

La pareja estaba espantada, aterrorizada. Ambos estaban perdiendo la cordura. No podían controlar al genio. Sonia desesperada empezó a rezar pidiendo ayuda. En medio de sus oraciones tuvo una idea, la cual transmitió a su marido. Entonces, Alfredo dijo al genio: «Te ordeno que hagas un agujero hasta llegar al centro de la Tierra y que introduzcas una columna que llegue hasta el Cielo, y quiero que subas y bajes por la columna sin parar en ningún momento, hasta que yo te de una nueva orden».

Dicho esto el genio se puso a subir y bajar por la columna, y los dejó en paz. Entonces, se fueron a dormir. 

Al día siguiente, el genio mientras subía y bajaba por la columna llamó a su amo para decirle que estaba cansado de subir y bajar por el poste, y que si le dejaba volver a su lámpara, él únicamente haría lo que le ordenase sin agobiar a su amo y sin utilizar más la espada. 

Por fin, Alfredo y Sonia encontraron una manera de controlar al genio, y así pudieron disfrutar de su magnífica mansión y de sus bellos jardines.  


Cuento del libro Cuentos de Luz para el Alma de Ricard López