CUENTO DE SABIDURÍA: EL INDIGENTE DEL PARQUE


Había un ejecutivo de empresa, casado y con dos hijos, que aunque tenía todo lo que cualquier persona pudiese desear, sentía que su vida era monótona y algo vacía. 

Un día caminando por un parque vio a un hombre muy pobre sentado en un banco al lado de un estanque. 

Ese hombre sin recursos sonreía mientras compartía su comida con los animales del parque. Lanzaba migas de pan a las palomas y gorriones que revoloteaban a su alrededor. 

Al ejecutivo le pareció extraño ver a un indigente tan contento, pues en todo momento sonreía como si fuese un niño.

Se acercó a él y le dijo: «¿Por qué sonríe? ¿Por qué está tan feliz?».

Y el indigente le contestó: «Lo normal es estar contento y sonreír ¿Es que usted no sonríe?».

Y el ejecutivo le respondió: «La verdad es que de manera habitual no sonrío nunca. Dejé de sonreír hace muchos años».

«Pues hace usted mal caballero, pues la sonrisa es lo mejor que hay», le replicó el indigente, y añadió: «¿Qué le falta para sonreír? ¿Le falta trabajo? ¿Le falta una mujer? ¿Está triste por algo? ¿Está deprimido? ¿Se encuentra mal? ¿Qué le falta para ser feliz?».

Y el ejecutivo le dijo: «No me falta nada. Estoy casado. Tengo un hijo y una hija. Tengo un buen trabajo. Y con el dinero que gano, trabajando doce horas cada día, a mi familia no le falta nada».

Entonces, el ejecutivo se acercó al indigente y le dijo: «Y a usted, ¿qué le falta? ¿Qué le gustaría tener que no tiene?».

El ejecutivo estaba convencido de que el indigente le iba a decir que le faltaba dinero, y así él tendría la oportunidad de darle unas monedas como una obra de caridad. Pero, el indigente sin dejar de sonreír le contestó: «Amigo, si pidiese algo más de lo que tengo, sería muy egoísta. Estoy agradecido por estar vivo. Me siento afortunado por poder comer en un albergue para personas sin recursos, que está a la vuelta de la esquina. Me siento dichoso por poder dormir debajo de aquel árbol que está al lado del estanque. Me siento feliz por poder resguardarme de la lluvia y del frío, pues el señor que trabaja en el mantenimiento del parque me ha dado una llave para que me cobije cuando haga mal tiempo en esa pequeña caseta donde guarda sus máquinas y herramientas. Estoy contento por tener aquí en el parque una fuente donde puedo beber. Estoy contento por poder hacer uso de los servicios del parque para hacer mis necesidades. Cada día me levanto con los primeros destellos del sol. Por las mañanas paseo y por las tardes me siento en este banco y comparto mi tiempo y mi comida con las palomas, los gorriones y otros animalitos. Y cuando anochece me quedo dormido mirando las estrellas. Mi querido amigo, ¿qué más puedo pedir a la vida cuando lo tengo todo?».

Y el ejecutivo, aturdido, le dijo: «Pero, ¿no desea tener más dinero? Todo el mundo quiere tener más dinero ¿No le gustaría tener una casa? Todo el mundo quiere tener una casa».

Y el indigente le respondió: «¿Para qué quiero dinero si ya lo tengo todo? No se da cuenta de que la paz y la libertad no tienen precio ¿Y qué mejor casa que ésta puedo tener? ¿No se da cuenta de que lo tengo todo? ¿No se da cuenta de que vivo libre como esas palomas que revolotean? ¿Qué necesitan ellas? Lo mismo que yo. Necesitan comida, bebida, un sitio donde dormir y libertad. ¿Qué más puedo desear? Amigo mío dé gracias al Cielo por todo lo que tiene y expréselo con una gran sonrisa».

El ejecutivo se despidió del indigente y se fue muy pensativo. Jamás pensó que aquel indigente que veía cada día en el parque era mucho más feliz que él. Aquel hombre de aspecto descuidado era un sabio que le había abierto los ojos. Aparentemente no tenía casi nada y, sin embargo, lo tenía todo: «era feliz». 


Cuento del libro Cuentos de Luz para el Alma de Ricard López