Un padre rico, queriendo que su hijo supiera lo mal que lo pasa la gente pobre, lo llevó a pasar unos días con una familia campesina muy humilde. Una vez concluido ese período, y mientras regresaban en su coche a la ciudad, el padre le pregunto: «¿Qué te ha parecido la experiencia?».
El hijo, con la mirada perdida en el horizonte, contestó: «Excelente, papá. Me ha gustado mucho como viven los pobres campesinos. Quiero que me lleves más veces».
«¿Cómo que te ha gustado? ¿Qué es lo que te ha gustado», insistió el padre.
El hijo contestó: «¡Es increíble! La gente del campo vive mucho mejor que la gente de la ciudad. Nosotros tenemos un perro, pero ellos tienen muchos animales, tienen perros, gatos, gallinas, cabras, vacas,… Nosotros tenemos un jardín cercado por una valla, y ellos tienen un campo que se pierde en el infinito. Nosotros tenemos una pequeña piscina con agua llena de cloro, y ellos tienen un río sin fin, de agua cristalina, donde hay plantas, patos, peces y ranas. Nosotros compramos la comida, y ellos siembran y cosechan la suya. Nosotros escuchamos la música en el ordenador y en aparatos de música, mientras ellos escuchan en directo una bella sinfonía de gorriones, golondrinas, mirlos, grillos, ranas y otros animalitos. Nosotros usamos la cocina eléctrica, la de gas y el microondas, mientras que ellos saborean los alimentos cocinados en su fogón de leña. Nosotros vivimos rodeados de muros, alarmas y cámaras de vigilancia, mientras que ellos dejan sus puertas abiertas y viven acompañados y protegidos por la amistad de sus vecinos. Nosotros vivimos conectados al móvil, al ordenador, a internet, al correo electrónico, al televisor, pero ellos, en cambio, están conectados a la vida, al cielo, al sol, a la naturaleza, al bosque, al agua, a los animales, a sus plantaciones, a su familia y a sus amigos. Nosotros vivimos ocupados en tener más y más cosas, en ganar más y más dinero, pero, en cambio, ellos viven tranquilos, y a menudo sonríen y cantan».
El padre quedó impactado por la profundidad de su hijo, y entonces el hijo concluyó: «Gracias, papá, por haberme enseñado lo pobres que somos nosotros».
Cuento del libro Cuentos de Luz para el Alma de Ricard López
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