Un estudiante salió un día a dar un paseo con un profesor, a quien consideraba su amigo debido a su bondad.
Mientras caminaban, vieron en el camino un par de zapatos viejos y supusieron que pertenecían a un anciano que trabajaba en el campo de al lado, el cual estaba a punto de terminar sus labores diarias.
El alumno le dijo al profesor: «Hagámosle una broma; escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre».
Y el profesor le contestó: «Mi querido amigo, nunca tenemos que hacer bromas que causen sufrimiento, y menos a un señor que es anciano y pobre. ¿Por qué no le haces una broma que le cause una alegría».
«¿Qué tipo de broma le puede dar una alegría?» – preguntó el joven.
Y el profesor le respondió: «Tú eres rico, colócale dinero en sus zapatos, pon, por ejemplo, un billete de cinco euros en cada zapato. Para ti eso es poco dinero, te lo gastas cuando vas a la discoteca, pero para ese campesino esa cantidad es mucho dinero, y puedes darle una alegría inmensa».
El chico cogió de su cartera dos billetes de cinco euros, pero luego se lo pensó otra vez, y decidió colocarle diez euros dentro de cada zapato.
Después alumno y profesor se escondieron detrás de unos arbustos cercanos.
El campesino, terminó sus tareas, y cruzó el terreno en busca de sus zapatos y su abrigo. Estaba cansado y sudoroso. Al ponerse el primer zapato sintió algo adentro, se agachó para ver qué era y encontró un billete de diez euros. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado. Miró a su alrededor, para todos los lados, pero no veía a nadie. Miró el billete, lo besó, le dio la vuelta y lo volvió a besar. Luego lo guardó en el bolsillo y se puso el otro zapato; su sorpresa fue doble al encontrar el otro billete.
Sus sentimientos lo sobrecogieron. Cogió los dos billetes, los colocó entre las manos, cayó de rodillas y levantó la vista al cielo diciendo: «Muchas gracias Señor, por estos veinte euros, bendícelos a través de mis manos y haz que se multipliquen en aquel que los ha perdido. Gracias Señor por darme dinero, así podré comprar medicinas para mi esposa enferma y pan para mis hijos hambrientos».
El estudiante al ver aquella escena quedó profundamente afectado, empezó a temblar de emoción y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Y el profesor le dijo: «Ahora, ¿no estás más complacido que si le hubieras hecho una broma que le causase sufrimiento?».
Y el joven respondió: «Muchas gracias profesor, me ha enseñado una lección que nunca olvidaré. Me he dado cuenta de que es más gratificante dar que recibir».
Cuento del libro Cuentos de Luz para el Alma de Ricard López
